Comenzaré la clase y luego podremos hablar, pensé.
Entro en el aula y saludo a mis veinticinco alumnos en un centro de Cantabria. Comenzamos matemáticas. Explico, acompaño, intento que todos sigan el ritmo. Mientras escribo en la pizarra, busco tu mirada entre las mesas. Sé que hoy no estás bien. Lo noto aunque no digas nada.
Para algunos, las tareas son sencillas. Para otros, difíciles. Algunos no están motivados. Algunos necesitan refuerzo. Otros necesitan calma. Y mientras intento atender a cada uno como merece, no puedo dejar de pensar en ti.
Pronto será el recreo —me digo— y entonces podré hablar contigo.


Pero en el recreo hay que mediar en un conflicto, atender una caída, resolver un problema de convivencia, escuchar a otro alumno que también necesita atención. Lo urgente siempre se impone a lo importante. Lo visible siempre pesa más que lo silencioso.
Pero yo te veo.
Después llegan las reuniones con familias. Las coordinaciones. Los informes. Los planes individualizados. Las programaciones. Las adaptaciones. La burocracia que cada curso ocupa más espacio del que debería. Los proyectos que sostengo. Las decisiones que tomar.
En Cantabria hablamos de calidad educativa. Pero la calidad necesita tiempo. Y el tiempo del docente cada vez está más fragmentado.
Tuve una idea y propuse que hablaras con la orientadora del centro. Pero dijiste que no. Que solo querías hablar conmigo.
Porque es en mí en quien confías.
Y ahí está la parte del trabajo docente que pocas veces se explica fuera de las aulas. Ser maestro o profesor no es solo impartir contenidos. No es únicamente explicar matemáticas, lengua o ciencias. Es escuchar, detectar cambios de ánimo, interpretar silencios, sostener emocionalmente, acompañar procesos personales que nadie más ve.
Es asumir responsabilidades que no aparecen en ningún horario.
La sociedad ve las horas lectivas. Ve el tiempo de clase. Pero no ve las horas de preparación, las correcciones nocturnas, las llamadas difíciles, los mensajes que se responden fuera de horario, las preocupaciones que uno se lleva a casa.
No ve que, mientras muchos descansan, el docente en Cantabria sigue pensando cómo ayudar mejor a su alumnado.
No ve el desgaste emocional de sostener situaciones complejas. No ve la presión de atender a veinticinco realidades distintas cada mañana. No ve la carga invisible que implica estar disponible no solo académicamente, sino también humanamente.
Pero nosotros sí lo vemos.
Y lo vivimos.


La educación en Cantabria se sostiene sobre el compromiso diario de sus docentes. Sobre su profesionalidad. Sobre su vocación. Sobre su capacidad de adaptarse, de contener, de acompañar y de seguir adelante incluso cuando los recursos son limitados y el tiempo insuficiente.
Si queremos mejorar la educación en Cantabria, debemos empezar por reconocer el trabajo real que se realiza en las aulas. No basta con hablar de excelencia. Hay que garantizar condiciones que permitan ejercerla.
Porque cuidar la educación en Cantabria es ver el trabajo de sus docentes.
Esta es la historia diaria de un compañero del sindicato TÚ, que está en las aulas y que deseamos que conozcas, porque la sociedad debe ver y valorar la labor docente.

Publicado por Pablo

El Método SINAPSIS es una forma de enseñanza viva, activa e inclusiva donde el alumnado se mueve, siente, crea y comparte. Cada experiencia se organiza en tres momentos muy claros: Despertar neuronas: activamos cuerpo y mente con dinámicas cortas y motivadoras. Crear neuronas: los estudiantes construyen, escriben, dibujan, investigan y producen. Compartir neuronas: el aprendizaje se vuelve social al explicar, presentar y comunicar.

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