Historia real de un compañero docente en Cantabria
Hoy quiero contar la historia de un compañero. No es una reflexión teórica ni un argumento sindical abstracto. Es una historia real que explica mejor que cualquier estadística una parte de la realidad docente en Cantabria.
Hace unos días me encontré con una familia del centro. Hablábamos con normalidad sobre el curso, sobre el funcionamiento del colegio y sobre cómo estaban sus hijos. En mitad de la conversación me hicieron una pregunta sencilla, pero profundamente reveladora: por qué este compañero no presentaba un proyecto para dirigir el centro. Lo preguntaban desde la admiración. Para ellos era evidente que tenía capacidad para hacerlo.

«Una historia real»


Más tarde se lo conté. Le trasladé exactamente lo que aquella familia me había dicho. Su respuesta fue serena, sin enfado, casi con una resignación aprendida con los años: no podía hacerlo porque no tiene plaza fija. Lleva dieciocho cursos siendo interino en Cantabria.
Dieciocho años entrando en aulas distintas, adaptándose a equipos nuevos, empezando cada septiembre como si fuera el primero. Dieciocho años sosteniendo proyectos, evaluaciones, reuniones con familias, coordinación con compañeros, innovación constante. Dieciocho años demostrando cada día que es un gran profesional. Y, sin embargo, administrativamente no puede aspirar a dirigir un colegio.
Yo lo he visto trabajar dentro del aula. No hablo solo como amigo, aunque me enorgullece serlo. Hablo como docente que ha compartido centro y ha observado su manera de enseñar. Es, probablemente, uno de los mejores maestros que he visto. Tiene claridad pedagógica, sensibilidad con el alumnado, capacidad de organización, liderazgo natural y un respeto profundo por su profesión. Sus clases tienen sentido, estructura y humanidad.

Pero además de ser un gran profesional es una gran persona. Y esto, que debería ser un valor esencial en la educación, no aparece en ningún baremo. Los colegios deberían estar llenos de buenas personas, de docentes con empatía, equilibrio, capacidad de escucha y compromiso ético. Sin embargo, nada de eso se puede medir en un proceso de oposición. No se evalúa la calidad humana, ni la coherencia, ni la capacidad de acompañar a un alumno en un mal momento. Se evalúa un examen.
Durante años estudió para los procesos selectivos. Como tantos otros. Temarios extensos, legislación, preparación constante. Pero con el tiempo fue sintiendo una desconexión creciente entre lo que el examen exigía y lo que la realidad del aula le pedía cada día. No dejó de formarse, ni de innovar, ni de trabajar con rigor. Simplemente dejó de creer que una prueba puntual pudiera reflejar dieciocho años de experiencia real.


Lo más llamativo es que las familias lo ven. Su alumnado lo siente. Sus compañeros lo reconocen. La comunidad educativa confía en él. Sin embargo, el sistema no le permite dar un paso más porque no ha superado un modelo de acceso que no siempre logra medir el desempeño profesional continuado.
Esta historia no es excepcional. Es la historia de muchos interinos en Cantabria que llevan años demostrando su competencia en las aulas sin estabilidad, sin reconocimiento estructural y sin posibilidad de asumir responsabilidades de mayor alcance. Docentes que sostienen el sistema desde la temporalidad y que, pese a ello, siguen dando lo mejor de sí cada día.
Cuando aquella familia me preguntó por qué no presentaba un proyecto de dirección, lo que estaban señalando no era una carencia suya, sino una contradicción del sistema. Porque si la comunidad educativa reconoce el talento, la experiencia y la calidad humana de un docente, quizá deberíamos preguntarnos si el modelo de acceso y promoción está sabiendo valorar lo que realmente importa en educación.
Hoy necesitaba contar su historia porque detrás de cada interino hay mucho más que una etiqueta administrativa. Hay profesionalidad, hay vocación y, en muchos casos, hay una calidad humana que ningún examen puede medir, pero que es imprescindible para educar.

Publicado por Pablo

El Método SINAPSIS es una forma de enseñanza viva, activa e inclusiva donde el alumnado se mueve, siente, crea y comparte. Cada experiencia se organiza en tres momentos muy claros: Despertar neuronas: activamos cuerpo y mente con dinámicas cortas y motivadoras. Crear neuronas: los estudiantes construyen, escriben, dibujan, investigan y producen. Compartir neuronas: el aprendizaje se vuelve social al explicar, presentar y comunicar.

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