Cambiar sin evaluar, otra vez

Hace diez años se implantó el calendario escolar bimestral en Cantabria en medio de un debate intenso. Entonces tampoco existían datos concluyentes que demostraran que aquel modelo fuese pedagógicamente superior. Se argumentó que en otros países europeos funcionaba, que favorecía el descanso y que podía mejorar la conciliación. Con ese marco se impulsó el cambio y, con el paso del tiempo, el modelo se consolidó como parte de la organización educativa habitual.
Hoy volvemos a modificar el calendario. Y, de nuevo, sin un estudio público riguroso que permita afirmar que el nuevo sistema será mejor para el alumnado. Cambiamos sin evaluación previa y sin un análisis transparente del impacto real que ha tenido el modelo anterior durante esta década.

Ni descanso real, ni conciliación efectiva
Se presenta el cambio como una mejora organizativa, pero cuesta identificar a quién beneficia realmente. Las familias seguirán teniendo dificultades para conciliar, porque el calendario escolar por sí solo nunca ha resuelto ese problema estructural. El alumnado tampoco verá garantizado un descanso más coherente, ya que los periodos de pausa se concentran al inicio del curso mientras el tramo final, cuando la fatiga acumulada es mayor, queda prácticamente sin interrupciones.
Quienes trabajamos cada día en las aulas sabemos que el cansancio no es teórico. Lo vemos en la inquietud creciente del alumnado conforme avanzan los meses, en la pérdida de concentración, en el agotamiento que se intensifica con el calor y en la dificultad para mantener el ritmo cuando el curso entra en su fase final. La experiencia diaria nos demuestra que la fatiga no aparece en octubre ni en noviembre; aparece en mayo y en junio.
Si el principio que guía la organización del tiempo escolar es el bienestar del niño, el descanso debería situarse estratégicamente cuando más se necesita, no cuando menos impacto tiene.
Una incertidumbre constante
Para el profesorado, este cambio es uno más en una larga lista de modificaciones que afectan a la planificación educativa. Cambios legislativos, reformas curriculares, variaciones en procesos selectivos y ajustes organizativos forman parte de una dinámica constante de transformación. Se podría decir que ser docente en nuestro sistema es vivir en una permanente incertidumbre.
Lo verdaderamente preocupante no es solo el cambio en sí, sino la normalización del cambio sin análisis. Nos hemos acostumbrado a modificar estructuras sin evaluar de forma rigurosa si las decisiones adoptadas mejoran realmente el bienestar del alumnado o la calidad educativa. Cambiar se ha convertido casi en una inercia, cuando debería ser el resultado de una reflexión profunda.
La educación necesita reflexión, no improvisación

No afirmamos que el modelo anterior fuera perfecto ni que el nuevo sea necesariamente peor. Lo que sostenemos es que cualquier transformación estructural debería estar respaldada por datos claros, estudios independientes y evaluaciones objetivas. Si no existen evidencias sólidas que justifiquen una mejora, la prudencia debería prevalecer sobre la urgencia de cambiar.
La educación no puede organizarse en función de equilibrios coyunturales ni de intentos de contentar a todos sin un criterio pedagógico firme. El calendario escolar no es una cuestión secundaria: influye en el ritmo de aprendizaje, en la energía del alumnado y en la planificación de los centros.
Quizá no tengamos estadísticas definitivas que determinen qué calendario es mejor. Pero sí tenemos algo que no puede ignorarse: la experiencia diaria en el aula. Y esa experiencia nos dice que la fatiga acumulada al final del curso es real, visible y pedagógicamente relevante.
Bajo ese principio, el descanso debe responder a las necesidades del alumnado, no a la comodidad organizativa. Y antes de cambiar, deberíamos analizar, reflexionar y evaluar.
Porque la educación no necesita cambios constantes; necesita decisiones responsables y bien fundamentadas.
